Los ecos que llegan desde las prisiones en Cuba son desoladores, gritos de auxilio desde ese mundo paralelo que el Gobierno se empeña en sepultar: Lizandra Góngora, madre de cinco hijos sentenciada a 14 años de cárcel por sumarse a las protestas masivas de 2021, se declaró en huelga de hambre por estos días; Alexander Díaz Rodríguez, liberado hace poco tras su sentencia de cinco años por participar de la misma manifestación, salió sólo con 37 kilos de peso, como si lo hubiesen castigado a morir por inanición; el adolescente de 16 años Jonathan David Muir, detenido por tomar las calles en medio de un apagón, implora casi a diario desde su celda: “Papá, sácame de aquí”; y siguen las denuncias de golpizas, negligencias y abusos contra los presos de conciencia en los penales cubanos. Este viernes, sin embargo, venció el ultimátum de dos semanas que el Gobierno de Estados Unidos había impuesto al de Cuba para liberar a sus más de 700 presos políticos. Las cárceles del castrismo siguen siendo las catacumbas para sepultar a todo aquel que se le opone.

Seguir leyendo

Publicado por:​EL PAÍS Edición América: el periódico global

Por alerta