Cuando está en Brasilia, el presidente Luiz Inácio Lula da Silva, de 80 años, comienza la jornada en el gimnasio, con una horita para correr y hacer musculación, según él mismo presume. Su agenda oficial suele arrancar en su despacho del palacio de Planalto a las nueve, frecuentemente con el ministro de la secretaría de Comunicación Social y el secretario de prensa. Come en torno a la una. Por recomendación de su esposa, dieta saludable y, preferentemente, en casa. Después, retoma sus compromisos públicos. El último de día suele empezar a las cinco o a las seis de la tarde. Seguir leyendo Publicado por:EL PAÍS Edición América: el periódico global Navegación de entradas El nuevo embajador argentino ante la UE lleva a Bruselas el estilo explosivo de Milei Los horrores del centro familiar del ICE de Dilley, relatados por los niños detenidos: “No nos tratan como humanos”