En el tedioso, a veces fastidioso y, sobre todo, interminable desfile de celebridades ataviadas con el último grito en pasarelas por los actuales alfombrados de gala, el algoritmo es rey. No un algoritmo cualquiera, ojo, que se trata de la más diabólica de las métricas desarrolladas hasta la fecha. Porque por fin traduce la vieja estrategia publicitaria de la fama, otrora sujeta a cábalas incuantificables, en dinero. No, no es magia (negra), solo operaciones matemáticas computerizadas: analizando y comparando datos cuantitativos y cualitativos, el programa de marras calcula y otorga un valor económico a estas apariciones estelares en función de su rendimiento público. Cuántas publicaciones, impresas o electrónicas, se han hecho eco; cuántas veces se han compartido en redes, a qué tipo de interacciones han dado lugar, en qué mercados han tenido mayor alcance, esas cosas. El nuevo fantasma en la máquina ahora nos monetiza, además, a beneficio de otros. Una herramienta de marketing utilísima, cierto, pero que ya está alterando la percepción social y cultural de la moda tal y como la conocíamos. Valor de impacto mediático (MIV, según las siglas del inglés original media impact value), le dicen. Y no queda marca, grande o pequeña, del lujo al gran consumo, que no esté abonado a él. Seguir leyendo Publicado por:EL PAÍS Edición América: el periódico global Navegación de entradas EE UU impone las condiciones de Trump para mantener con vida la relación con Europa El Barcelona presenta una queja formal a la Federación y pide sanciones para los árbitros por “errores graves o negligencias”