La campesina María Isabel Méndez amaneció los últimos cinco días en una casa inundada. Al despertar, veía el agua que cubría las patas de su cama, las paredes ennegrecidas de la habitación en la que nació hace 47 años, y la silla de ruedas que su tío usó hasta que falleció hace pocas semanas. Cada mañana decidió quedarse: no tenía otro sitio a donde ir y pensó que el río Sinú, desbordado desde el sábado por lluvias torrenciales, bajaría. Pero el miércoles resolvió que ya era suficiente. El agua no paraba de subir y María Isabel temía que las bacterias que se acumulan a su alrededor le hicieran daño o, peor aún, la casa colapsara con ella adentro. Se mudó a un refugio de plástico, madera y palma en la entrada de su finca. Seguir leyendo Publicado por:EL PAÍS Edición América: el periódico global Navegación de entradas La cocaína en el vehículo de Petro: una nueva denuncia de sabotaje reaviva la guerra en las sombras Laporta ya trabaja y prepara su sede