A las cárceles de algunas comunidades españolas, como Canarias, no dejan de entrar jóvenes migrantes condenados o acusados de tráfico de personas por haber manejado el cayuco en el que llegaron, haber distribuido alimentos en el trayecto o mantenido el orden, quizá con un machete en el costado, entre el desesperado pasaje procedente de Malí, de Mauritania o de Senegal que un día se echó al océano Atlántico con una sola idea en la cabeza: Europa. Esos patrones que hace unos años eran en su mayoría mafiosos son ahora, en no pocos casos, pobres pescadores que buscan un viaje gratis, muchachos engañados que sueñan, como el resto de los viajeros, con un mundo mejor y que, en ocasiones se agrupan en cooperativas para alcanzar la costa anhelada. Cuando la embarcación arriba a España con su carga de miedo, desconcierto, hambre y frío, algunos dan sus primeros pasos en el nuevo mundo directos a la cárcel. Así lo denuncian quienes forman parte de una red civil solidaria que trata de ayudarlos, un cambio de modelo en el tráfico de migrantes del que son conscientes también las autoridades y que confirma la fiscal de Extranjería de Canarias, Teseida García García, con una respuesta elocuente. ¿Están las cárceles llenas de pobres desgraciados? “Pues sí”. Seguir leyendo Publicado por:EL PAÍS Edición América: el periódico global Navegación de entradas México alista un cambio en su política extractiva tras el acuerdo de minerales críticos con Estados Unidos